Matar o no Matar al Tirano:

¿Esa es la cuestión?

Por N. Navarro

Como para despertar del letargo en que se ha sumido la intelectualidad argentina, recientemente tuvo lugar en las páginas de un diario una polémica entablada en torno a un tema urticante: matar o no matar al tirano (1).

Pero no fue un buen despertar. Los lectores de esa serie de notas pudieron a la vez sorprenderse y lamentarse por el tono de la discusión, que tras una acusación innoble por parte de Mempo Giardinelli transformó la disputa de ideas en un intercambio de dicterios entre ambos polemistas.

Una razón para que el debate discurriera por tal camino es la justa ira de Osvaldo Bayer ante el ostensible oportunismo de MG y el cinismo de sus loas a una ética contradicha por la conducta expuesta en cada párrafo de la argumentación.

Sin embargo el legítimo y comprensible rechazo de Bayer al fariseísmo de MG no alcanza a explicar que este sobresaliente escritor, historiador, incansable defensor de los derechos humanos, uno de los muy escasos ejemplos argentinos de intelectual consecuente, se avenga a discutir con MG en los términos de vulgar pelea callejera que éste le propone.

Existen dos causas de fondo para que OB entre en el juego de MG y la discusión se desbarranque sin lograr dilucidar el tema en cuestión. Una es que el desafiado sostiene el mismo principio que el desafiante: ambos se declaran filosóficamente pacifistas.

Ahora bien, el pacifista OB reivindica la necesidad y legitimidad de matar al tirano; mientras que el pacifista MG se niega a matar al tirano. La cuestión, según esa larga polémica, es la legitimidad o ilegitimidad moral de matar a un individuo responsable por violaciones a los derechos humanos. Allí está la otra causa para la frustrante conclusión del debate: esos individuos -y quienes eventualmente deben o no matarlos- no pertenecen ni representan a clases, a proyectos sociales diferentes. Conclusión: OB queda en una situación difícil, que no logrará resolver a lo largo de sus respuestas a MG.

Más aún: por mucho que el reconocimiento a OB como historiador de las grandes luchas sociales y como hombre de bien comprometido con todas las causas justas lleve a colocarse de su lado frente a la intolerable mezcla de oportunismo, altanería e ignorancia de MG, por mucho que la pluma del autor de la Patagonia Rebelde supere sin comparación posible a la de su magro contrincante, lo cierto es que en el debate del tema en cuestión, este último muestra más coherencia que el primero.

La dicotomía matar o no matar al tirano conduce a una falsa controversia e impide la polémica. Es necesario sin embargo repasar los artículos para individualizar los temas teóricos y políticos fundamentales.

Cuando Bayer abre los archivos que registran la muerte del coronel Héctor Varela en un atentado individual llevado a cabo por el obrero anarquista Kurt Gustav Wilckens en 1923, recuerda los recientes años setenta y obliga a pensar en el futuro.

La represión a los obreros en la Patagonia se produjo en 1921-22, durante el gobierno constitucional radical de Hipólito Yrigoyen. Los pedidos de esclarecimiento abortaron frente a la actitud de la bancada radical en el Parlamento, que impuso su mayoría contra la conformación de una comisión investigadora.

OB alude también a la permanencia en estos 70 años de una actitud "de negar, de tapar la memoria", como es el caso en 1983, cuando el juicio y la cárcel para los militares asesinos se combina con "la difusión sensacionalista de lo ocurrido para luego ir aplicando leyes o disposiciones que terminaron por negar la justicia". El autor rescata la acción de Wilckens como justa reacción frente a la injusticia y la impotencia pero no logra quebrar a través de sus cuatro artículos la refutación de MG, quien sostiene de manera categórica: No matar al tirano (ni a nadie).

Desde la adscripción al pacifismo como posición filosófica y política hay más coherencia en la argumentación de MG, situación palpable en la línea declinante entre el primero y el último artículo de Bayer. Hay correspondencia conceptual en MG entre su pacifismo y la defensa de la evitabilidad de la violencia.

Dice textualmente: "Yo no creo como Jaspers -filósofo al que cita Bayer- que la violencia sea inevitable. Más bien creo que sería mucho mejor formular y discutir esta otra pregunta: ¿Cómo colocar a la Justicia en su aplicación justa y plena, de modo que no se desborde ninguna violencia? Acaso allí se abre otra línea de debate. Ojalá otros intelectuales la desarrollen".

Por eso MG discrepa en lo que denomina: "el espíritu de aprobación del asesinato con motivos o justificaciones políticas o ideológicas". MG apunta a las contradicciones que OB no resuelve cuando parte del derecho a matar al tirano. Siempre es legítima la resistencia y rebelión de los oprimidos, pero la relación entre la violencia de arriba y la respuesta de abajo al asumir esa violencia, nos remite a la lucha de clases; sólo desde esta perspectiva es posible comprender y legalizar o no las acciones individuales y colectivas en respuesta al régimen.

En cuanto a MG, todo su discurso se sitúa por fuera de la lucha de clases; reconoce la desigualdad, verifica las consecuencias sociales del sistema, pero omite señalar lo que subyace en las raíces: el capitalismo nace, crece, se desarrolla y perpetúa a través de la violencia.

MG propone evitar los desbordes violentos en general. Pero, ¿quién fija qué es desborde y para quién? ¿En manos de quiénes, de qué poder está la justicia? Al mediar una falsa oposición entre el Matar al tirano de OB y el No matar al tirano (ni a nadie) de MG la discusión gira sobre sí misma, se pierde la verdadera polémica.

M.G. rememora que "En 1922 gobernaba Hipólito Yrigoyen, no un tirano. Por lo tanto, Wilckens no ejerció ningún derecho a matar al tirano. Si continuando la analogía la aplicáramos hoy a un caso similar, podríamos afirmar que la injusticia social del menemato y el vergonzoso sometimiento de la Corte Suprema de Justicia actual a los dictados del Ejecutivo, dibujan una situación tan o mucho más injusta que la que se vivía durante aquel gobierno. Y sin embargo, si un Wilckens hoy en día eliminara a cualquier equivalente contemporáneo de Varela -y hay muchísimos- tampoco estaría matando al tirano; acaso estaría empezando a matar a nuestra imperfecta democracia".

La descripción del contexto histórico es elocuente. Fue durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen que se masacró obreros en la llamada Semana Trágica, en alusión a las huelgas metalúrgicas de 1919 y años más tarde en la Patagonia. Esta constatación va más allá de la acción individual de Wilckens. Sin caer en la aberración de nivelar una dictadura militar con un gobierno constitucional, ambos representan sin embargo el poder de una clase, una dictadura de clase. Por eso no es contradictorio que dos hechos históricos de extrema represión contra las masas ocurrieran durante un gobierno constitucional -para colmo presidido por alguien que no pocos consideran como expresión de los intereses populares!

El Estado burgués es necesariamente represor porque concentra la fuerza para doblegar el desafío de los explotados, ejerce el monopolio de la violencia y las formas que adopta no son abstractas ni genéricas sino históricas.

La violencia de clase fue la respuesta empleada durante la gestión de Yrigoyen contra la movilización obrera. Decir esto no equivale a equipararlo con Videla, porque Yrigoyen, efectivamente no era un tirano. La lucha de clases es un fenómeno complejo y es tan peligroso caer en simplificaciones que en política pueden traducirse en acciones delirantes, como desconocer la violencia del dominio de una clase, el carácter represor del Estado burgués y de todo Estado.

Al desplegar el discurso en el terreno de las ideas morales, de justicia y democracia sin contenido de clase, la argumentación deviene confusa y tramposa, porque encierra siempre una parte de verdad.

Dice MG "El gobierno de Yrigoyen de ninguna manera puede ser caracterizado como una tiranía. Por lo tanto, Wilckens no sólo no mató a ningún tirano; ni siquiera mató bajo el imperio de una dictadura. Desde luego que se podrá pensar que la justicia democrática no alcanzó a Varela, como no alcanza ahora a los dictadores indultados. Es verdad. Pero entonces ¿es esa razón suficiente para patear el tablero de la democracia y hacer justicia por nuestra mano propia? Ese es el peligro que yo señalé a Bayer, lo cual de ninguna manera implica que yo me ponga al lado de la vida y a él lo coloque del lado de la muerte".

Al desviarse el eje de la polémica se escapa la masa de lo que está en discusión. No todos los métodos son defendibles ni aplicables como dogma para cualquier momento y lugar.

Se equivoca MG cuando dice "Es evidente que un tema que atraviesa este debate es el de la Justicia. Y cómo se administra. Y quién". MG ubica también a la democracia pero como prioridad la justicia. Hablamos del "sistema criminal" que señalaba Wilckens en el cual Varela, Hitler, los genocidas de la dictadura militar, son sus personificaciones. Sucede que al diluirse el concepto de clases sociales, surgen individuos, ciudadanos, adversarios, tiranos, cuando es precisamente la lucha de clases la que conecta rápidamente el destino de Wilckens, la tortura y desapariciones de la década pasada, la transición del presente y el signo que marcará los procesos sociales futuros.

MG sostiene en su confrontación que "Matar siempre está mal. Así sea el represor teniente coronel Varela, al tirano más sanguinario, al tipo que me torturó o al asesino de mi propia madre". Agrega para afianzar su idea de que "no hay ética posible mientras se contemple la posibilidad de eliminar al adversario, así sea éste el más odiado enemigo, y por muchas y muy nobles que sean las justificaciones que se le den a esa eliminación".

Refiere entonces a los años setenta en los siguientes términos: "ya padecimos esa lógica de la justificación del asesinato, tanto por parte de terroristas mesiánicos como de los militares que usurpaban el poder. La lógica de que está bien matar al tirano es la misma lógica con que los tiranos consideran que está bien matar a zurdos, subversivos y contestatarios".

MG rescata como formas de lucha las armas empleadas por los distintos organismos de derechos humanos, las Madres y Abuelas, "organismos civiles y millones de políticos, periodistas como Bayer, militantes y simples ciudadanos". La conclusión es que "frente a los tiranos: juicio y castigo a los culpables, sí; ni olvido ni perdón, también. Pero matar, jamás. Ni a los tiranos ni a nadie".

OB contrapone a esa visión sus convicciones: "el derecho a la resistencia y la rebeldía de los pueblos (...) ¿quién ama más la vida: quien se somete a un tirano o quien ofrece su propia existencia para terminar con la muerte y la humillación?". Pese a que OB suscribe el punto en el que ambos polemistas coinciden, el pacifismo, toma expresiones de Hans Jonas y reivindica entonces el derecho (y deber) de la resistencia contra el poder cuando éste se basa en la injusticia, el crimen, la persecución de minorías, la humillación y la muerte.

OB formula una pregunta decisiva para discrepar con MG "no nos dice qué hacer con el tirano, ¿rezarle a la virgen de la Providencia para que nos proteja? ¿pasar inadvertidos? ¿firmar una solicitada para pedirle que se vaya? ¿sembrar con nomeolvides todos los días el camino que recorre para que comience a respirar poesía? ¿participar de protestas públicas hasta que se canse y me secuestre y me haga desaparecer? Claro que sí, que se puede hacer (y se debe hacer) todo eso. Siempre será un paso adelante de la dignidad. El problema comienza cuando todos esos medios racionales y pacíficos del derecho a la resistencia se agotan".

Plantea entonces una dificultad: "en las generalizaciones de `no matar al tirano ni a nadie’ corremos el peligro de que los imperativos categóricos de la ética se exijan solamente a los perseguidos y humillados. Todo se reduciría a: El oprimido no debe matar al tirano; el tirano no debe matar al oprimido, pero lo hace".

Son varias las complicaciones de estos párrafos. Si observamos que el rasgo de lo social es la confrontación, no de individuos sino de clases sociales, aludimos al sistema que provoca los millones de desnutridos, la infamia social que ambos polemistas reconocen, incluso proporcionando cifras y datos inapelables. Son verdaderos crímenes sociales. Expresan la violencia del sistema porque esa es su lógica; y la respuesta exige asumir esa violencia, enfrentar en las ideas, la vida y la acción a aquello que mata, porque es imposible de otra manera alcanzar la paz.

¿Justifica este planteo cualquier acción individual o colectiva? Claro que no.

Es necesario detenerse en el problema de la paz. El punto de partida es que toda persona con sentimientos de justicia, fraternidad e igualdad desea, naturalmente, la paz. Pero el hecho es que en el mundo no hay paz. Y que la causa de la violencia es el capitalismo, la explotación, la propiedad privada de los medios de producción, el lucro como motor de todo en la vida social. De manera que el pacifismo en abstracto contiene la idea de la colaboración de clases como posibilidad real; considera que la lucha de clases y la competencia capitalista puedan ser reducidas o neutralizadas a través de la cooperación, la apelación a valores éticos generales que convenzan al imperialismo, a la clase dominante, de que se abstengan de generar violencia. Que paren el saqueo económico, las guerras, el enfrentamiento interimperialista. Admite la perspectiva de que el imperialismo pueda resolver sus crisis económicas, la depresión, la caída de la tasa de ganancia... sin apelar a la guerra. El escenario actual del mundo es por demás elocuente y hace necesario para muchos reconsiderar ciertas elaboraciones de los últimos tiempos.

El pacifismo como abstracción filosófica, como método absoluto, como fin en sí mismo, ajeno al desarrollo de la lucha de clases, revierte en un precio muy alto que deben pagar las masas oprimidas, porque quienes refutan o dudan en el plano de las ideas que la violencia es inherente al sistema capitalista, no pueden suprimirla en el plano de la existencia concreta y material y la vida finalmente supera la fragilidad del discurso y sus buenas intenciones.

La oposición moral, religiosa o filosófica a la violencia como tal, no discrimina entre la violencia reaccionaria, la del régimen y la respuesta de las masas oprimidas. OB sí lo hace: de ahí su contradicción.

OB subraya el riesgo de expresiones como "no matar al tirano ni a nadie" porque, señala, "corremos el peligro de que los imperativos categóricos de la ética se exijan solamente a los perseguidos y humillados" porque "nadie debe matar pero el tirano lo hace".

Vienen a la memoria las palabras de Malcolm X, asesinado el 21 de febrero de 1965 al comenzar un discurso en una reunión de la Organización de la Unidad Afro-Americana en Nueva York: "La táctica que se basa única y exclusivamente en el moralismo sólo puede tener éxito cuando se está tratando con gente moral o con un sistema moral. Un hombre o un sistema que oprime a un hombre por el color de su piel no es moral". Y agregaba el dirigente negro: "Si los líderes del movimiento de la no violencia pueden entrar a la comunidad blanca y predicar la no violencia, excelente. No me opongo a eso. Pero mientras los vea predicando la no violencia sólo en la comunidad negra, eso sí no lo podemos aceptar".

La paz como objetivo es una conquista de los oprimidos, ajena a las formulaciones ahistóricas, casi religiosas, que en diversos momentos de la polémica el mismo OB cuestiona. Para luchar por la paz es preciso asumir la violencia del régimen que no es la de uno o dos tiranos. El sistema capitalista contiene tiranos sanguinarios y formas constitucionales, que no son ni serán nunca lo mismo. Pero no cambia la naturaleza del sistema: la explotación social, la apropiación individual como base del funcionamiento de la vida; y el prerequisito de la apropiación es siempre la violencia, la exclusión y sometimiento de las mayorías.

Hacemos propio el deseo humanitario de MG "no matar al tirano (ni a nadie)". Pero para que esta expectativa sea genuina y refleje la verdad y no la trampa, la equidad y no los privilegios, para que todos puedan engrandecerse en ese principio, requiere condiciones: la ausencia de seres humanos que despojen a otros, que la actividad humana en todas sus manifestaciones sintetice la unidad genérica de la especie, exige no moderar la explotación sino erradicarla. El no matar por el que luchamos es un punto de llegada porque para lograrlo hay que abatir el sistema.

Reaparecen en el escenario internacional y en las condiciones de vida de Argentina las imágenes del racismo, el fascismo, la xenofobia, Auschwitz, no como fantasmas sino como actualización y permanencia del capitalismo en crisis y por consiguiente más sanguinario.

Mientras tanto MG nivela a los protagonistas de un período en las luchas sociales y populares con los militares al servicio de un sistema; porque aunque él replique que no iguala al torturador Astiz con la joven secuestrada Dagmar Hagelin, reproduce la analogía de manera permanente, la lógica penosa de los dos demonios. El lenguaje también tiene connotación de clase, y la equiparación entre "terroristas mesiánicos y militares que usurpaban al poder" es el lenguaje sistemáticamente empleado por defensores y propagandistas del sistema capitalista en Argentina.

Los revolucionarios han sido siempre los primeros defensores de los derechos humanos y del respeto profundo al valor de la vida. Por eso mismo no todas las acciones son justificables, hay prácticas condenables, actos y conductas aberrantes.

En el caso de Wilckens su objetivo era derrotar al sistema, al aparato represor del Estado. Pero de todos modos su gesto no será evaluado por la intención con que fue realizado, sino por la concepción política que lo puso en marcha y, también, por sus resultados concretos. Su acción individual presuponía una determinada concepción ideológico-política.

MG señala algunos ejemplos, la muerte de la hija del almirante Lambruschini en un atentado de la guerrilla durante los años 70 y el intento de copamiento del regimiento 3 de Infantería en La Tablada por parte del Movimiento Todos por la Patria (MTP) en enero de 1989 y conmina a OB a que diga con claridad si está a favor o no de "este tipo de asesinatos". MG subraya que "Es legítimo resistir por cualquier medio contra un invasor extranjero. O resistir una dictadura. Pero aún en el desarrollo de esas luchas, hay límites".

Quienes tras una perspectiva política de revolución social esgrimimos la herramienta marxista no tenemos dudas de que, efectivamente, hay límites. Y no omitimos nuestra posición inequívoca frente a cada circunstancia que lo requiera. Con relación al copamiento del regimiento La Tablada podemos repetir a propósito de esta polémica lo que decíamos en enero de 1989:

"La emancipación de la clase obrera es una tarea de los obreros mismos; la lucha de clases es el único parámetro válido para saber quién es quién; la democracia socialista por la que luchamos, sólo puede ser edificada por las manos de millones de mujeres y hombres, obreros y campesinos, estudiantes, intelectuales, concientes de que el capitalismo es la tumba de toda esperanza, concientes de que la única salida es la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y cambio, seguros de que la moral y los métodos de los luchadores sociales son en todo y por todo superiores a los de las clases dominantes.

Es a partir de esta convicción que condenamos sin atenuantes la alucinada empresa de este grupo armado. Nuestro repudio a esta operación nada tiene que ver con la necesidad de ponernos a tono con la situación política. Nada tiene que ver con el oportunismo electoral y mucho menos con la actitud de chacales de quienes se lanzan sobre cadáveres para sacar patente de democráticos. La transformación de la sociedad, el derrocamiento del capitalismo y la edificación del socialismo exige una teoría científica, el marxismo, una fuerza organizada, el partido de los trabajadores, y una política: la que surge del encuentro entre la voluntad de millones y la interpretación científica de la lucha social. Eso es la izquierda. Lo demás, el reformismo, el aventurerismo, el populismo, está fuera de esa calificación, sencillamente porque está fuera de la clase trabajadora y definitivamente fuera de sus necesidades reales y sus perspectivas de emancipación" (3).

Si volvemos a Wilckens, su acción no puede medirse desde el lugar de la venganza planificada sino con la identificación del momento por el que atravesaba el proceso de formación ideológica de la clase obrera durante las primeras décadas del siglo en Argentina (4). Una etapa en la cual el ideario libertario y sus distintas formas de acción -entre ellas la directa- tras haber sido hegemónico en las direcciones y experiencias de las masas trabajadoras, perdía vigor precisamente por su incapacidad para constituirse en alternativa efectiva. El anarquismo contaba entonces con fuerte inserción en las fuerzas proletarias y populares y gran predicamento como perspectiva teórica y metodológica en América Latina y países europeos como España, sur de Francia e Italia. Pero no es casual que el gesto de Wilckens tuviera lugar en momentos de franca e irreversible declinación del movimiento anarquista. Su acto, por tanto, era un gesto desesperado, aunque estuviera afincado en la esperanza. Una dirección política empeñada en llevar conciencia a los explotados y oprimidos y edificar una alternativa de masas ciertamente debiera haber tomado distancia de aquel acto. Pero no desde el oportunismo nauseabundo de quienes buscan un lugar en el sistema capitalista con la misma desesperación con que Wilckens -en las antípodas del ser humano como ente moral- trataba de destruirlo.

Igual parámetro cabe para la evaluación de los procesos de lucha y el desarrollo de las vanguardias revolucionarias, los procesos y programas gestados en 1969, el Cordobazo y los dos Rosariazos, las particularidades y prácticas de las distintas expresiones guerrilleras del período.

Una falacia recurrente en los artículos de la polémica es la de las comparaciones. No es equiparable el levantamiento militar del coronel Mohamed Seineldín (5) con el asalto al cuartel de La Tablada. Semejante analogía sólo contribuye a la confusión y a la configuración de la lógica de los dos demonios. Es la naturaleza de clase lo que define las fronteras. Los carapintadas son defensores de la burguesía. Los militantes que atacaron La Tablada -con más o menos conciencia de lo que estaban realizando efectivamente- no eran ciertamente representantes directos de los trabajadores ni, en nuestra opinión, encarnan una interpretación y un accionar que contribuya a los objetivos proclamados; pero lejos de ser defensores de un sistema de explotación, opresión y alienación, son exactamente lo contrario: sus víctimas.

Una situación similar ocurre cuando MG se opone a la pena de muerte, "la impulse el presidente Menem, Fidel Castro o quien sea. Estoy en contra de toda muerte, por la sencilla razón de que no quiero que se mate a nadie, por espantosos que sean sus crímenes. No hay pena de muerte buena y pena de muerte mala". MG sabía dónde golpeaba: OB critica el criterio de colocar en un mismo plano a Fidel Castro con Carlos Menem. Pero se había pronunciado pública y duramente contra el gobierno cubano por el fusilamiento de militares involucrados en operaciones de contrabando y corrupción. Hay que decir que MG es coherente. Sólo con una discrepancia en el plano más general se puede evitar la trampa que tiende. En el caso de Bayer la contradicción aparece en otra cita cuando sostiene con relación a este punto: "El principio de oro de la ética es la defensa de la vida. Un condenado a muerte en nombre del socialismo es igual a un condenado a muerte por el capitalismo (...) La única excepción es el derecho de matar al tirano. Más que una excepción, es un deber" (6).

La inversión teórica para mirar la realidad lleva al peligro de estas afirmaciones, al riesgo de propiciar ecuaciones de igualdad entre el socialismo y el capitalismo frente a la pena de muerte. Si esa ecuación es válida, MG tiene razón.

Entonces: ¿no matar al tirano? La respuesta es imposible porque la pregunta es falsa: la cuestión no es matar o no matar al tirano (o a alguien) sino identificar quien es el tirano y que significado histórico tiene una acción individual.

El punto de partida no es la ética sino el desarrollo de la lucha de clases, no son los principios de oro de la ética los que legitiman matar al tirano ni lo convierten en un mandato moral. Y con relación a la pena de muerte, es la naturaleza de clase del régimen y la concreta aplicación de una estrategia política lo que marca las diferencias. Para hablar en concreto es el derecho de los trabajadores y el pueblo cubanos a defender su revolución frente a la ofensiva imperialista. No son abstractos valores éticos los que están en juego, sino la guerra desatada por el imperialismo contra la pequeña isla, a su defensa de una teoría revolucionaria, su historia y sus conquistas. La legitimidad no la encontramos en los enunciados generales, sino en el análisis concreto de cada situación concreta.

Será saludable recordar que los alineamientos frente a Cuba produjeron en los últimos años un sorprendente incremento de posiciones duales, indecisas, apoyos críticos, críticas para apoyar, por parte de una variada gama de izquierdas que quieren parecer democráticas, demócratas que quieren parecer de izquierda, el autodenominado progresismo, nuevas izquierdas, ultraizquierdas y centros. No faltaron tampoco repentinos virajes de quienes tomaron distancia cuando creyeron que la víctima caía. La insistencia en la definición de Socialismo o Muerte generó preocupaciones y polémicas. Semejante lenguaje resulta chocante para la fraseología contemporánea, pero ante todo desnuda el cuadro de situación de la intelectualidad que denuncia el propio OB a través de sus escritos.

En la serie de artículos en torno a esta discusión convergen dos planos. La fragilidad de ciertas lógicas sedicentemente humanitarias o progresistas, que no se asientan en una perspectiva de clase; y el carácter reaccionario y antiobrero que pueden adquirir ciertas concepciones políticas más allá de la voluntad de sus mentores, al punto de ser fácilmente capitalizables y manipuladas por el propio régimen.

Lo que interesa no son las razones subjetivas individuales o grupales de las acciones sino las consecuencias políticas y sociales en las luchas de las masas en su conjunto. MG dice que estamos hablando del "derecho a la violencia", y menciona que esa discusión se dio en los 60-70 y que hoy debiera hacerse mejor. Es correcto; pero la evaluación crítica, el análisis riguroso de la concepción política, formas de lucha implementada por las distintas organizaciones políticas, sociales y militares que se desarrollaron durante las décadas del 60 y 70, en toda su diversidad ideológica, sólo puede ser hecha desde una óptica que parta de la necesidad de superar un sistema que ejerce la violencia del desempleo, el hambre, la desnutrición, el analfabetismo, la marginalización y también la violencia de las armas, contra un número creciente de personas en este país y en todo el mundo. No es tarea para quienes se regodean llamándose a sí mismos intelectuales -vaciando de todo contenido consistente a esa palabra. No es tarea para oportunistas ni tampoco puede hacerse sólo con buenas intenciones y mucha voluntad.

En ese sentido delimitamos un terreno propio, nuestro, una calificación que preocupa a MG cuando dice: "Del mismo modo que me sigue pareciendo peligrosa la idea de que matar sólo es condenable cuando matan a los nuestros -que tienen razón, luchan por la justicia y son pobres y honrados-, pero no lo es cuando matamos a los enemigos, que son todos tiranos represores y explotadores. Me ratifico en que no hay asesinatos nobles".

Desde luego no hay asesinatos nobles. Del mismo modo que no hay nobleza -ni un mínimo de rigor- en calificar cualquier acto violento como asesinato. O cuando se niega la pertenencia a alguno de los dos grandes bloques de la sociedad rechazando el concepto nuestro para ubicarse en una brumosa región de superhombres que están más allá del bien y el mal. ¿Quienes son los nuestros? Los oprimidos, las masas trabajadoras, quienes sólo tienen para vender su fuerza de trabajo, los que producen la riqueza social que no les pertenecerá, los luchadores políticos, sociales, los revolucionarios abocados a la tarea de edificar una sociedad igualitaria y justa.

Pese a no pertenecer a ese universo vulgar, MG habla de política y afirma: "... aunque yo matara a Hitler no estaría matando al nazismo". Tiene razón. Volvamos entonces al plano de la concepción política para alcanzar los objetivos de emancipación e igualdad y al lugar de la acción individual en ese proceso. MG dice reconocer la dialéctica como instrumento de análisis, sin embargo desde la lógica dialéctica no puede sostenerse que: "matar siempre está mal" como configuración abstracta y eterna. No se trata de un adversario al que se elimina por venganza; en el ejemplo de Hitler, él fue la expresión individual del capitalismo en crisis y su salida, el fascismo.

El accionar político revolucionario tiene un basamento teórico y una larga, muy larga y rica práctica en la cual apoyarse. Plejanov con su El Individuo y el Hombre en la Historia; Kautsky con su Etica y Concepción Materialista de la Historia; Lenin en innumerables textos de orden político, teórico u organizativo, son la argamasa imprescindible de una práctica consistente en la actualidad. Una expresión sobresaliente de ese elaborado y decantado pensamiento revolucionario es el libro Su Moral y la Nuestra, de León Trotsky. Allí el revolucionario ruso argumentaba con relación a medios y fines, acciones válidas o no:

"Está permitido todo lo que conduce realmente a la liberación de la humanidad. Se opone irreductiblemente no sólo a los dogmas de la religión, sino también a los fetiches de toda especie, gendarmes filosóficos de la clase dominante. Deduce las reglas de conducta de las leyes del desarrollo de la humanidad, y por consiguiente, ante todo, de la lucha de clases, ley de leyes (..) Sólo son admisibles y obligatorios los medios que acrecientan la cohesión revolucionaria del proletariado, inflaman su alma con un odio implacable por la opresión, le enseñan a despreciar la moral oficial y a sus súbditos demócratas, le impregnan con la conciencia de su misión histórica, aumenta su bravura y su abnegación en la lucha.

"Precisamente de eso se desprende que no todos los medios son permitidos. Cuando decimos que el fin justifica los medios, resulta para nosotros la conclusión de que el gran fin revolucionario rechaza, en cuanto medios, todos los procedimientos y métodos indignos que alzan a una parte de la clase obrera contra las otras; o que intentan hacer la dicha de las demás sin su propio concurso; o que reducen la confianza de las masas en ellas mismas y en su organización, sustituyendo tal cosa por la adoración de los jefes.

"Por encima de todo, irreductiblemente, la moral revolucionaria condena al servilismo con la burguesía y la altanería para con los trabajadores, es decir uno de los rasgos más hondos de la mentalidad de los pedantes y de los moralistas pequeño-burgueses".

Al referirse a la acción individual decía Trotsky:

"Lo que decide para nosotros no son los móviles subjetivos, sino la adecuación objetiva. ¿Ese medio puede conducir realmente al fin?. En el caso del terror individual, la teoría y la experiencia atestiguan que no. Nosotros decimos al terrorista: es imposible reemplazar a las masas; sólo dentro de un movimiento de masas podrás emplear útilmente tu heroísmo.

"Sin embargo, en condiciones de guerra civil, el asesinato de ciertos opresores cesa de ser un acto de terrorismo individual. Si, por ejemplo, un revolucionario hubiese hecho saltar al general Franco y a su Estado Mayor, es dudoso que semejante acto hubiera provocado una indignación moral, aún entre los eunucos de la democracia. En tiempo de guerra civil, un acto de ese género sería hasta políticamente útil. Así, aún en la cuestión más aguda -el asesinato del hombre por el hombre- los absolutos morales resultan enteramente inoperantes.

"La apreciación moral, lo mismo que la apreciación política, se desprende de las necesidades internas de la lucha. La emancipación de los trabajadores sólo puede ser obra de los trabajadores mismos. (..) Quien se incline ante las reglas del enemigo no vencerá jamás" (7).

Un posicionamiento en el plano teórico general, con todo, no puede diluir la respuesta a cada situación concreta. Y allí se verifica, además, la ubicación de cada uno en relación con el combate histórico entre explotadores y explotados, entre opresores y oprimidos. Por lo demás, la ubicación no es automática aunque en todo caso deberá tomar como punto de partida que si no siempre hay tiranos en el poder, el poder es la dictadura de una clase. Esa es la cuestión a resolver, al igual que el desamparo frente a la violencia del régimen.

OB termina su primer artículo con lo que considera "la mejor síntesis que hizo la historia de aquellos dos hombres (Varela y Wilckens) que se enfrentaron hace setenta años". El autor de La Patagonia Rebelde rescata un titular del periódico Pampa Libre, que se posicionaba de este modo frente al hecho: "Gringo gaucho, hermano Wilckens, reciba el abrazo de los gauchos de La Pampa que lo consideramos un ejemplo de la justicia del pueblo pobre".

En el caso de Varela, la lápida de su tumba decía: "Los británicos residentes en Santa Cruz a la memoria del teniente coronel Varela, ejemplo de honor y disciplina en el cumplimiento de su deber".

En su tercer réplica a MG, Bayer recuerda a un cantor gaucho, Martín Castro, y sus versos en memoria a la muerte de Wilckens, y celebra "la precisión de este criollo que sólo tenía segundo grado, en definir la violencia en cuatro versos. Ni cientistas sociales, ni psicólogos, ni filósofos podrían hacerlo con tanta precisión,

Wilckens no es una venganza:

es el fruto, es la cosecha,

de quien sembró tiranías

para recoger violencias".

OB se coloca junto al cantor Martín Castro y diferencia la violencia en estos dos hombres. Y eso lo honra. Pero no traduce este posicionamiento en el campo teórico y la polémica discurre entonces hacia un punto sin retorno, repetitivo, o al plano de la prescindible reyerta individual.

MG considera que "La psicología moderna explica que cuando dos combaten con tanta furia, cada uno ve al tirano en el otro. Así como para la guerrilla Videla era el tirano, para Videla la tiranía era la guerrilla. Y esto tampoco es empatar, ojo. Es comprender los diferentes puntos de vista para el mejor análisis, e incluso para ser más eficaz frente al enemigo".

El intelectual advierte con su alto estilo: "esto tampoco es empatar, ojo". Ya hemos oído el sonido a tambor vacío de la presunta analogía entre Videla y los movimientos guerrilleros; la advertencia que niega lo que afirma tiene otras resonancias; pero considerar a la psicología fuente de explicación y respuesta para los procesos sociales, aparte el gesto de inequívoca filiación psicológica, adolece de excesiva liviandad .

Con la finalización del siglo, el capitalismo no oculta su violencia, pero sólo los pueblos, las masas laboriosas, tienen la capacidad de dar vuelcos en la historia. No eligen la violencia por conflictos sicológicos; tampoco los revolucionarios tienen instintos o motivaciones sanguinarias.

No fueron razones de apología de la muerte las que condujeron a desnudar el carácter esencialmente represor del Estado:

"Nosotros somos partidarios de la república democrática, como la mejor forma de Estado para el proletariado bajo el capitalismo, pero no tenemos ningún derecho a olvidar que la esclavitud asalariada es el destino del pueblo, incluso bajo la república burguesa más democrática. Más aún. Todo Estado es una fuerza especial para la represión de la clase oprimida. Por eso, todo Estado ni es libre ni es popular" (8).

OB señala en su último artículo el lugar penoso que cumple en la sociedad actual la pequeña burguesía intelectual, al ser portavoz y agente multiplicador de los mensajes ideológicos del sistema. Hay un blanco elegido: dar por muerta la lucha de clases, considerar la idea de revolución social como un espejismo del pasado y el lugar central de la masa trabajadora en la transformación social una imposibilidad cuantitativa. Tales intelectuales reflejan así la inconsistencia y el estado de ánimo de su condición de clase.

Se multiplicaron los arrepentidos, conversos y readaptados. Los primeros años de la década pasada les dieron cierto oxígeno. ¿Qué pasará ahora cuando la derechización y la guerra es la tendencia del mundo actual, cuando asistimos en Argentina a la constatación cotidiana de la degradación institucional y social?

No alcanzan las aspiraciones de buena voluntad. La historia registra muchos tiranos pero el problema de ayer y de siempre es el sistema al cual personifican. ¿Cómo nos ubicamos frente al Estado capitalista? ¿Es preciso derrocarlo, sí o no y cómo? Estas demandas obligan a contestar sin subterfugios, sin demagogia, sin oportunismo ni concesiones.

Asumir la violencia del sistema y darle respuesta en la teoría y en la acción, niega en lo concreto la irresponsabilidad política y la desesperación delirante. Efectuar la crítica a ciertas concepciones y experiencias políticas no empaña ni traiciona la memoria de tantos luchadores y revolucionarios, de los miles de Kurt Wilckens o Dagmar Hagelin que son parte de nuestra memoria colectiva.

Fijar con toda claridad la posición teórica respecto de la violencia política es la única forma de rescatar y recuperar lo mejor de tanta fuerza, convicción transformadora y entrega personal que atraviesan nuestra historia; no para potenciar la nostalgia ni la idealización, sino para afrontar con ideas claras y paso firme el próximo período.

 

(1) En Página 12 del 30/1 al 27/3/93

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