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Robert Kurz

La comercialización del alma

10/12/02

 

 

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Desapareció el tiempo en que de vez en cuando las personas se atrevían a pensar aún, avergonzadas, en su propia venalidad y en la de su producto. Cada vez más los individuos se transforman, de hecho, en aquel «homo economicus» que antaño era una simple imagen de la economía política clásica. Con la economización de todas las esferas de la vida, la economización de la conciencia avanzó en un grado hasta hacía poco inconcebible –y ello, gracias a la globalización, en los cuatro puntos cardinales del planeta, no sólo en los centros capitalistas. Cuando incluso el amor y la sexualidad, tanto en la ciencia como en la vida cotidiana, son pensados cada vez más como categorías económicas y estimados según criterios económicos, la «comercialización del alma» parece irresistible. Es lícito pensar que ya no existe ningún oasis emocional, cultural o comunitario ajeno a las garras económicas: el cálculo orientado por el lucro abstracto y por la política empresarial de costes atraviesa, en los comienzos del siglo XXI, todo el circuito de la existencia. De esta tendencia social a la plena economización nació, evidentemente, un nuevo tipo de socialización: el modelo de familia nuclear fordista (madre, padre, un hijo, un perro, un auto) fue reducido al modelo del soltero posmoderno asexuado («mónada hermética», un ordenador, un teléfono móvil). Aquí nos encontramos de nuevo, en cierta medida, con individuos-competencia solitarios, provistos de alta tecnología, que, al mismo tiempo, regresaron socialmente a la fase del yo infantil: «Veloz, flexible, lista para el trabajo, egoísta, traicionera, superficial» –así describe una revista económica alemana las cualidades esenciales de la llamada «generación @». Personas con tal estructura de carácter y forma de conciencia habrían sido consideradas aun en los años 70 como perturbadas mentales y adecuadas para un tratamiento sociopedagógico; hoy han sido convertidas en modelo social. Ello porque solamente una combinación de inteligencia técnicamente reducida a las reparaciones domésticas, absoluta sangre fría e inmadurez emocional puede posibilitar que la «adaptación al mercado» por parte de las personas llegue al extremo –y es justamente esta norma de conducta la que requiere el capitalismo global en crisis. No es por azar que se vean con frecuencia cada vez mayor a personas adolescentes con la máscara del éxito estampada en la cara. Estos son los supuestos «fundadores» del nuevo empresariado en Internet, que trabajan como locos y se identifican con su empresa hasta el punto de renunciar a sí mismos. Entregándose a sus fantasías de omnipotencia, imaginan cambiar la faz del mundo, aunque su contenido personal esté caracterizado por lastimosas banalidades y redunde en efectos tecnológicos mínimos o en alguna forma de propaganda sin gracia. Con la palabrería de entrevistadores pop, se ven haciendo una «revolución», mientras que en verdad son acríticos y conformistas hasta el extremo frente al orden dominante, en un grado jamás alcanzado por ninguna generación en los últimos doscientos años.

Estrambótica excentricidad

Claro que semejante tipo de pobreza intelectual y emocional, que en el fondo representa una curiosidad digna de compasión, no puede imponerse de ninguna forma como realidad social. La mayoría de las personas no están en condiciones de promover tal afrenta a su personalidad, aunque se empeñen. Pero incluso la excentricidad intelectual o espiritual más estrambótica puede parecer un modelo a seguir cuando la sociedad la eleva a una especie de culto. En la sociedad de los media no hay nada que no pueda ser impuesto en poco tiempo como moda de masas, porque la conciencia de los consumidores hace mucho que perdió su filo y se encuentra indefensa.

De ahí que, al comienzo, no se «tome» conciencia del «Zeitgeist» [espíritu de la época]. Al contrario, el ciego proceso de desarrollo en las sociedades de mercado siempre produce nuevas tendencias y gustos al principio poco claros, husmeados por los media como perros en busca de un olor desconocido. Y enseguida se insinúa un perfil que, muchas veces, es sofocado a continuación, pero que en otras ocasiones se fortalece como modelo de una determinada época o formación del mercado. Esto puede valer para esferas aisladas como la política, la cultura popular, la ideología, los productos y las marcas, incluyendo enfermedades de moda o demás histerias de masas, pero también se puede tratar de un fenómeno extensivo, que dicta sus órdenes a toda una sociedad. Cierto tipo espiritual, cultural y social, que simboliza para un medio social en ascenso el segmento social dirigente, es de pronto elevado entonces al trono del «Zeitgeist».

A partir de este punto, la tendencia antes espontánea se transforma en programa y propaganda. En la misma medida en que los protagonistas de la nueva economía, movidos a agua mineral, fueron forjados como estrellas pop, comenzaron también las «historias económicas» a dominar las acciones de la industria del entretenimiento y a fundirse en una especie de novela del neoliberalismo. «Nada más divertido que la economía»: éste es el slogan de un semanario alemán para inversores. Los hechos de la Bolsa, tan estériles y aburridos como son, no sólo absorbieron cada vez más la economía y la política, sino que en los años 90 fueron incluso elevados –más allá de los tópicos de la programación de las emisoras privadas– a cultura pop de amplia difusión: quien no comulgue con este espíritu, así decía el mensaje en todos los canales, es idiota y anticuado. El «daytrader» se transformó, como personaje de los media, en aventurero en la selva de los mercados, el capitalista impúber en príncipe de cuento de hadas, la experta en marketing en heroína de la emancipación. A todo esto, las batallas de los «global players» por las fusiones y «adquisiciones hostiles» son puestas en escena como un western, un campeonato de fútbol o un episodio de la carrera espacial. Y en las fiestas infantiles, los pequeños (como sugiere un anuncio) ya no se disfrazan de cow-boys, sino de Bill Gates.

Paralelamente a la industria pop, y con coherencia lógica, el economismo desenfrenado se convierte en programa también en la pedagogía. Claro que el sistema educativo y pedagógico siempre siguió los imperativos de la visión del mundo oficial. Pero en ese caso las directivas originales de las élites funcionales se mantuvieron estables durante largo tiempo, y la pedagogía, como instancia de socialización que trascendía a la familia, ostentaba un innegable monopolio. Hoy, por el contrario, no sólo la matriz de los «valores», objetivos y contenidos a ser transmitidos se volvió insegura e inestable, sino que además las escuelas y universidades han sido marginadas en su tarea de socialización por la empresa mediática universal, y tienen que rendir cuentas ante sus dictámenes.

Y en los media, el factor de la economización ya avanzó mucho más que en la pedagogía: de acuerdo con su forma, éstos se volvieron entretanto (en su mayoría) en puras empresas comerciales y, según su contenido, pasaron a ser los grandes propagandistas de una cultura pop guiada por el dinero y por el capitalismo de casino –y, por tanto, los promotores de la economización total. Bajo la presión de este desarrollo, la propia pedagogía tradicional empieza a disolverse en el totalitarismo económico, estimulada y asistida no sólo por los media, sino también por todas las instituciones oficiales.

Hacia mediados de los años 90 –en la mayor parte de los países europeos y de conformidad con el modelo anglosajón– se promovieron grandes campañas para orientar todo el sector pedagógico y educativo hacia las exigencias de una «economización y comercialización de la vida». En una acción concertada de gobiernos y partidos políticos, bancos y cajas económicas, cárteles y asociaciones de empresarios, municipios, direcciones de escuelas y gremios universitarios, se abatió sobre todos los sectores pedagógicos una oleada inaudita de propaganda favorable a la mentalidad económica y comercial.

En una amalgama de instrucción económica y lavado de cerebro ideológico, se inculcó la imagen de una persona que vive automáticamente, las 24 horas del día, según criterios empresariales e introyecta «el mercado» como destino y oportunidad, como contenido de vida e identidad, como alcanzable círculo de vida unidimensional. Desde el director de museo hasta el enfermero, desde el artista hasta el mendigo en la calle, todas las actividades y ocupaciones, incluso aquellas que hasta hoy no eran entendidas como «económicas», deben ser vivenciadas desde el punto de vista del marketing, y esta visión del mundo debe ser ejercitada desde la infancia. El objetivo es la persona como «emprendedor propio»: todas las relaciones sociales deben transformarse en relaciones de oferta y demanda, todos los contactos en «contactos con clientes». Esta disolución de la vida en el economismo capitalista no sustituyó simplemente, como un nuevo modelo abstracto de educación, el cánon tradicional de la ética burguesa, sino que también se ejerce en la práctica. En el topo del sistema pedagógico e institucional, en las universidades, se impone tanto en las investigaciones como en el aprendizaje de varias disciplinas una orientación comercial inmediata. En una sociedad economizada, así dice el postulado, cada disciplina científica, independientemente de su respectivo contenido, es también una disciplina económica. Todas las materias científicas se rebajan a subcategorías. No importa si se trata de lingüística, geología, física, psicología o incluso filosofía: los estudiantes deben ser llevados desde el principio a considerar todo lo que aprenden desde el punto de vista de la venalidad. Estudiantes de todas las facultades frecuentan cursos económicos en los cuales aprenden a clasificar el saber de acuerdo con su evaluación por la «economía». En parte son alentados a ejercitar directamente la comercialización de contenidos científicos en simulaciones empresariales. Y no son pocos los estudiantes que, de hecho, montan sus negocios aún durante sus estudios, para abreviar el camino que lleva del aprendizaje al mercado. Lo mismo vale para la investigación. Un número creciente de profesores realizan no sólo investigaciones por encargo para empresas, sino que ya consideran a la propia institución científica como una especie de firma a ser organizada según los puntos de vista empresariales. Y donde los científicos no siguen voluntariamente tal orientación, esto les es exigido cada vez más por las instituciones estatales: así es como el gobierno federal alemán, ante la encarnizada resistencia de los interesados, quiere obligar a que toda investigación de peso trabaje según criterios de inmediata comercialización. Un paso adelante ya fue dado hace tiempo por la enseñanza pública. El juego de las Bolsas como tema de aula forma parte del día a día de muchos programas curriculares. En París, Gilbert Molinier, profesor de filosofía en el colegio Auguste Blanqui, protestó el año pasado, en una carta pública difundida por la prensa, contra esa pedagogía de las Bolsas: «Para mi gran espanto, oí decir que el colegio Auguste Blanqui, en colaboración con un banco, ha tomado parte en un 'juego' llamado 'Les Masters de l'Economie'. Este juego consiste en distribuir una cartera de acciones virtuales a los alumnos. Éstos se obligan, con la ayuda de sus profesores, llamados 'padrinos' (!), a maximizar el valor de esas acciones en un plazo de tres meses. Entre los innumerables premios a los vencedores, el primero es un viaje para conocer la Bolsa de Nueva York, el templo de las finanzas mundiales... ¿Podría alguien explicarme cuál es el interés pedagógico de semejante 'juego'? Si mediante él aprendemos que lo que importa es sólo lo que trae el dinero, responda por favor a este pregunta: ¿estamos obligados, por deber del oficio, a administrar las aulas? ¿Será también este colegio otro cementerio de la cultura?»

Burócratas de la educación

Pero profesores como Molinier sólo son vistos hoy como «aguafiestas». Por todas partes las materias lectivas son programadas por los burócratas de la educación para servir de eje a «jóvenes empresarios». Clases enteras se ejercitan ya en cursos preparatorios de constitución de empresas, valor de acciones y movimientos de mercado. Siguiendo el modelo de las «firmas escolares» inglesas e irlandesas, la «Fundación Alemana para la Infancia y la Juventud» lanzó una campaña en 1997, en la ciudad de Berlín, llamada «Espíritu Empresarial. Una enseñanza»: a los alumnos les correspondía fundar «auténticas» microempresas y aprender a pensar en función de los lucros.

En los media circulan historias de éxito, de esas bien kitsch, sobre adolescentes sedientos de ganancias, cuyas microempresas programan websites, organizan viajes o venden bocadillos. Una palabrería sin sentido, sospechosamente afín al culto propagandista del «obrero patrón» en el socialismo de Estado. Todo niño que no logre acompañar el pensamiento mercantil debe sentirse mal. En los Estados Unidos, se crearon cursos en la escuela primaria bajo el lema de «Los niños aprenden el Capitalismo», en los cuales pequeños de siete a diez años se devanan los sesos con las reglas de compra y venta de acciones y cómo operar con derivados.

Y por último la propia escuela es abandonada, como institución, a la «libertad empresarial». Si es posible privatizar infraestructuras y prisiones, ¿por qué no la enseñanza pública? El ejemplo es dado por empresarios como el norteamericano David Henry, que quiere administrar los jardines de infancia como una red de fast-food y llevarlos a la Bolsa. Pero las propias escuelas estatales tienen que «proveer su sustento» por medio de la actividad económica. En la mayoría de los países cae por tierra la prohibición de anuncios dentro de los establecimientos de enseñanza. Quien, como profesor, se habituó a que los pasillos y los gimnasios de las escuelas sean utilizados como área de publicidad, en breve no encontrará nada malo en circular él mismo como un chico de la publicidad. En la prensa alemana se elogió mucho al director de un colegio bávaro que ya no se consideraba a si mismo un «pedagogo», sino un «administrador de empresa de tamaño medio».

El consuelo de todo esto es uno solo: las instituciones de enseñanza representan por todas partes el faro de popa de la sociedad, puesto que son las más conservadoras de todas las instituciones. Cuando una innovación llega a la escuela y a la enseñanza en general, normalmente ya está fuera de moda. Desde esta perspectiva, la inflación de economismo en las instituciones de enseñanza tal vez indique que la época del comercio totalitario ya se agota.

Publicado en Folha de Sao Paulo, 11 de febrero de 2001.

Traducción del alemán al portugués: José Marcos Macedo.
http://planeta.clix.pt/obeco
Traducción del portugués al español: Round Desk

 

 

 

 

 

 

 

Raoul Hausmann: Der Geist Unserer Zeit, Mechanischer Kopf (El Espíritu de nuestro tiempo, Cabeza mecánica), 1919.